Hablemos del deseo, que es el motor de todo. Después de todo, ¿no es eso lo que hacemos todos: hablar de ello o pensar en ello, siempre, cuando sea posible? Tan pronto como se abre un espacio de tiempo entre el trabajo y las obligaciones familiares, entre las obligaciones y las urgencias, surgen las necesidades de la supervivencia diaria.
Fuera de las cuestiones de vida o muerte, fuera de las cárceles y de las guerras, pero a menudo incluso en ellas, es el deseo que no el amor el que mueve el sol. Mueve la política, el poder, la economía, crea y destruye imperios, carreras y reputaciones, permite a las personas resistir el sufrimiento extremo en cautiverio y enfrentar el confinamiento doméstico. Desear nos concierne a todos.
Queremos más amor, más belleza, más dinero, más pasión, más salud, más vida, más tiempo. Sobre todo, queremos más tiempo. Todo el tiempo del mundo. Infinito tiempo. ¿Quién no quiere más de lo que tiene? Si tal persona existe, en un estado de beatitud tal que no siente necesidad alguna más allá de lo que la vida le ha concedido, que sepa esa persona que es una persona feliz. La felicidad es lo contrario del deseo, pero también es el sinónimo del aburrimiento.