FOTOGALERÍA: Para una estética de la IA

Muchas películas de IA generativa se construyen como una acumulación de imágenes en continua mutación creando una suerte de extraño efecto visual de discontinuidad continua

31 marzo 2025 09:57 | Actualizado a 31 marzo 2025 10:05
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En los últimos años, la progresiva emergencia de festivales de cine especializados en la programación de películas realizadas con IA generativa ha evidenciado la necesidad de dar una oportunidad en el campo de las artes audiovisuales a esa gran “malvada” de nuestros tiempos.

Si por unos instantes nos alejamos de cuestiones (nada banales) como los puestos de trabajo en la industria, los derechos de autor de las imágenes, el maquiavélico algoritmo o el poder de las corporaciones empresariales que están detrás de esta tecnología, y contemplamos sin prejuicios algunos de los filmes que se están haciendo con estas nuevas herramientas, nos daremos cuenta de que en el territorio de la imagen se vive una transformación ciertamente relevante y de un enorme capital reflexivo.

Aunque no sabemos cuál será la evolución de los usos de la IA generativa en los próximos tiempos, algunos de estos primeros trabajos –cortometrajes principalmente– apuntan ya hacia una estética singular en la que se reconocen determinados rasgos característicos. La fluidez, sin duda, es uno de ellos. Muchas películas de IA generativa, véanse “Kiss Crash” (Adam Cole, 2022) o “A Portrait of the Jungle People” (Eddie Wong, 2022), se construyen como una acumulación de imágenes en continua mutación creando una suerte de extraño efecto visual de discontinuidad continua.

La IA trabaja con patrones surgidos del análisis y compresión de millones y millones de datos, de forma que no es casual que su estética visualice, en parte, su propio proceso de creación. La capacidad de conectar millones de imágenes al instante –la base del entrenamiento de los modelos de IA– desemboca en otra característica estética, e incluso temática: lo cósmico. El trabajo con tal volumen de datos crea una fascinación por la hiperconexión de lo mínimo –un sistema neuronal, por ejemplo– con lo máximo: el universo, lo más sublime que puede imaginarse.
Así, “Generation” (Ricardo Fusetti, 2022) nos muestra cómo la coreografía de un cuerpo femenino puede transformarse en una danza galáctica en la que lo humano y lo espacial están en perfecta sintonía. Por otro lado, los mundos espirituales, oníricos o del inconsciente, cobran forma en muchas películas, materializando en imágenes un determinado estado interior, como ocurre en “Home Age To Avalokiteśvara” (Maria Than, 2023), donde texturas, símbolos y creencias se mezclan.

También lo grotesco, lo inenarrable, lo erróneo y/o el glitch son una constante en estos trabajos. Los objetos-figuras aberrantes –a veces en relación a la ecología, como en el caso de PLSTC (Laen Sanches, 2022)– protagonizan muchas de las historias, creando un cierto gusto por la imperfección y oponiéndose a la visión hiperrealista del digital: manos deformadas, ojos abultados o piernas excesivamente curvadas. Y, por último, el juego con el realismo como última frontera de la IA generativa. Los “deep-fake” de Marilyn Monroe, Roger Moore y Sean Connery, rostros reapropiados y resituados en una ficción delirante e hiperbólica como “DUCK” (Rachel Maclean, 2023), donde las celebridades son utilizadas puramente como imágenes de lo que representan, no como cuerpos. Después de esto, no podemos sino preguntarnos, como hacía Katherine Hayles ya en 1999: ¿cuándo y cómo nos convertimos en posthumanos?

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