El ataque de las cabras se abre con un encuentro inesperado, o más bien un avistamiento: el que hace la protagonista y narradora sin nombre de su tía, Tía Lidia, que fuera un modelo en su adolescencia. Tía y sobrina vivieron juntas en momentos determinantes para ambas: la mayor se recuperaba del divorcio de su mujer; la menor comenzaba a caminar hacia la vida adulta. Tía Lidia cumple el papel de modelo o referente de la sobrina, pero la novela cubre mucho más que ese momento de fascinación: aporta el contexto familiar, una historia trágica que se cuenta alejando el drama con gracia y desparpajo; lo llena de capas y se salta la linealidad cronológica.

Entre los muchos aciertos de la novela, está la ausencia de solemnidad. Tía Lidia inventa un juego para su sobrina, una especie de “Elige tu propia aventura” protagonizada por la cabra Juana, que sueña con ser cineasta, ¡y lo consigue! La fábula caprina, ofrecida en tres episodios que a su vez dividen el texto, añade una capa, es casi una metaficción-novela de formación.
El sentido del humor convive con un gusto por la frase y el ritmo: Chivite, además de gamberrismo y audacia, tiene una gracia única a la que es muy difícil resistirse. Es lo que sostiene la novela y logra dar coherencia a la mezcla de todos los elementos: vampiros, episodios paranormales o cremación de una mascota; novela de formación, novela familiar.