Tarragona es una ciudad que presume de su historia, de su legado romano y medieval, de su costa y de su vida marinera. En sus barrios más antiguos, la Part Alta y el Serrallo, se respira esa esencia única. Sin embargo, el mismo encanto que atrae a visitantes y turistas es el que puede expulsar a quienes realmente dan vida a esas calles: sus vecinos. La transformación de viviendas en pisos turísticos, la especulación inmobiliaria y el incremento de alquileres pueden convertir esos barrios en escenarios de tránsito, lugares donde la comunidad se diluye y el sentido de pertenencia se desvanece. Es la paradoja de la belleza a la venta: lo que hoy es el gran atractivo de la ciudad puede ser la causa de su ruina a cámara lenta. Porque un barrio no es solo un conjunto de edificios y rincones. Es su gente, las relaciones que se tejen entre quienes viven allí, el compromiso con su cuidado.
Sin vecinos que lo vivan y se sientan propietarios, un barrio pierde su alma. Los residentes de toda la vida no pueden ser sustituidos por visitantes temporales o inquilinos de paso, sin tiempo ni motivación para integrarse ni superar su indiferencia por el entorno. El Serrallo, con su identidad ligada al mar y a la pesca, corre un peligro similar: sin relevo generacional, sin estabilidad en su población, su esencia se erosiona. Este abandono tiene consecuencias. Los comercios que sirven a los vecinos desaparecen en favor de negocios orientados al turismo. Las calles, antes escenario del bullir cotidiano, se transforman en pasillos donde nadie se conoce y pocos se preocupan por el estado de los edificios o la seguridad. La voz del barrio se debilita en las decisiones municipales. El adelgazamiento de las comunidades de la Part Alta y del Serrallo no es producto de una guerra, como en 1812 tras la retirada del ejército napoleónico, sino de una lenta erosión causada por un mercado poco atento y una regulación deficiente. Pero el resultado podría ser el mismo: calles sin vida, edificios en deterioro y una identidad perdida. El riesgo es hacer de estos barrios espacios sin dueño, la antesala de su ruina. Un decorado donde la historia se convierte en mera mercancía, y el atractivo de la ciudad desaparece con sus vecinos. El aviso es claro: sin comunidad, no hay barrio; sin vecinos, no hay historia. Es necesario encontrar un equilibrio en que el legítimo interés de los propietarios no arrolle a los vecinos y a la ciudad.