Una pegatina desgastada adherida a un contenedor todavía recuerda que en Bonavista hubo un tiempo en que se necesitaba una tarjeta o una aplicación móvil para poder tirar la basura orgánica (marrón) y el resto (gris). El cartel advierte de que, a partir del 19 de octubre, dicho contenedor solo se podrá abrir algunos días a la semana. Lo que no dice es que se refería al 19 de octubre de 2021 y que aquella advertencia ya no tiene validez.
Son los restos de un experimento que, si se hace caso a los datos ofrecidos por el Ayuntamiento de Tarragona, cumplió con creces con el objetivo de mejorar el reciclaje pero que, dos años más tarde, se abandonó.
Ahora, el mismo consistorio asegura que el cierre es el camino a seguir y se plantea como meta febrero del año que viene. ¡Vuelta a empezar!
En aquel momento se eligieron tres zonas de características diferentes para iniciar la prueba: una zona de elevada concentración de restauración (El Serrallo, 863 viviendas), una urbanización (Cala Romana, 464 viviendas) y un área de gran densidad de población (Bonavista, 4.739 viviendas).
El consistorio no ofrece datos de cuánto costó aquel intento (parte estaba incluido en el contrato de la basura). Pero valga como referencia que solo la campaña informativa en Bonavista salió a licitación por 51.251 euros.
El reparto de tarjetas implicó un esfuerzo de comunicación sin precedentes con las asociaciones de vecinos y agentes sociales. Había campañas en centros cívicos, a pie de calle, junto a los contenedores e, incluso, a domicilio, para que todos los vecinos estuvieran informados. Hubo publicidad por tierra, mar y aire.
Al poco de comenzar la experiencia, entre los meses de septiembre y octubre de 2021, en El Serrallo ya se había llegado a un 68% de recogida selectiva, en Cala Romana al 49% y en Bonavista al 53%. Eran datos muy por encima del conjunto de la ciudad de Tarragona, donde por aquel entonces se reciclaba el 33,5% de los desperdicios.
Si la ciudad hubiera estado conformada solo por aquellos barrios habríamos estado muy cerca del objetivo de la Directiva de Residuos de la UE que pone como meta para este año 2025 reciclar al menos el 55% de los residuos municipales.
Tal como demuestra un informe municipal de 2022, también hubo inconvenientes, como que aumentaron los impropios (basura que se tira al contenedor equivocado) y las bolsas fuera de lugar en algunos casos. No obstante, no se constató que nadie se desplazara a sitios cercanos a tirar la basura. En los barrios donde se podía abrir con tarjeta y con la App muy pocos vecinos optaron por la última, pero en cambio las incidencias tecnológicas, cuando las hubo, se solucionaron rápidamente.
Pero en verano de 2023, con el cambio de gobierno, se reabrieron los contenedores y la prueba piloto se dio por finalizada. El argumento era que así todos los vecinos de la ciudad estarían en igualdad de condiciones. Se fiaba todo a un nuevo contrato de la basura que hoy todavía sigue sin adjudicarse en un via crucis que se antoja interminable.
No se sabe, de momento, si lo que se invirtió, desde el punto de vista material, se podrá aprovechar (dependerá, de nuevo, del famoso contrato). Lo que sí está claro es que, como dice una mujer que nos ve fotografiando los contenedores, habrá que recuperar la confianza de los vecinos: «No se puede marear más a la gente con tanto invento. Primero fueron los soterrados (instalarlos y quitarlos ha costado millones) después la tarjeta...¿Y ahora los van a cerrar otra vez? Un poco de piedad».