Tras publicar “Donde nunca ocurre nada” (Contrabando, 2020), Marta Polo Ysalgué (Barcelona, 1979), escritora, cineasta, astróloga y artista experimental, presenta ahora una ficción donde el decir “peña” o “gente” es el nuevo plural mayestático, ante la imposibilidad de usar la segunda persona, “tú”. Tanto es así, que Bruna, su protagonista, efectúa (casi sin querer) un alegato en torno a la individualidad y al capitalismo, en modo parodia, eso sí, que se encuentra al mismo nivel que un milagro rodado por Javier Fesser: “Yo soy consumista porque quiero. Soy clase obrera porque quiero. Tengo internet porque quiero. Y móvil. Y un montón de facturas. Yo soy de las que pido un crédito porque quiero y pago intereses porque quiero. Soy mortal a voluntad. ¿A quién le tiro un huevo?”.
En las líneas anteriores hay ironía, pero se perciben puntos de iluminación que subrayan la falta de realismo que inunda ahora nuestra mirada sobre los núcleos urbanos. En “Cómo construir una mentira”, acompañamos a Bruna por los espacios marginales de una Barcelona que parece ser una gran simulación y cuya deformación se pronuncia a través del idioma. Ya no es Barcelona, sino “Carcelona”, y el fantasma de los Juegos Olímpicos de 1992 recorre la ciudad y la vertebra como un trauma, envés de la leyenda de aspiraciones que terminó siendo aquella fiesta (“todo lo sacrificado por pertenecer a una ciudad”).

De profesión portera, nuestra protagonista prueba suerte con el cine tras un encuentro fortuito con un director que le ofrece ejercer de asistente de producción de una película independiente, producida, sin embargo, por una productora con trayectoria. La intención es rodar una película alternativa de un personaje del que la cultura barcelonesa se encuentra enamorada en modo “cult”, Turner Mendoza, una exprostituta que afirma: “La calle no, yo alternaba”.
Durante su lectura, una se pregunta varias cosas, pero quizá la más incontestable sea si más que ante una novela no estaremos ante una pregunta dolorosa e incisiva: ¿cómo contar que otros han decidido por nosotros y que no solo tendremos que apechugar con las consecuencias, sino también adoptar un perfil bajo ante ellas?
“Cómo construir una mentira” es un texto brillante, rápido, sin restricciones en el que se saca pecho a medida que los personajes toman la palabra e inundan el idioma mediante su experiencia. ¿Cómo desenvolvernos ante nuestra incapacidad, ya no de ser felices, sino de alcanzar ciertos niveles de satisfacción entre lo que somos y lo que podemos hacer? ¿Cómo priorizar la teoría sobre la práctica?
Es importante igualmente en la narración la fobia que exuda la protagonista a ponerse en el centro de su relato, a conocer el de los demás. No padece antropofobia, tal y como comenta, sino una incertidumbre ante el paso del tiempo, que es más desconcierto que otra cosa, sumado, al contrapeso de su historia: el precio que pagamos por tener una gran autoconciencia y autoconocimiento es una dosis elevada de autovigilancia.