El teatro está a oscuras. En el centro del escenario, una figura iluminada comienza a hablar. No hay rodeos ni concesiones, solo una voz que irrumpe en el espacio, potente, visceral, directa.
Es el monólogo de Teoría King Kong, una adaptación escénica del influyente ensayo de Virginie Despentes, y lo que ocurre en la sala no es solo una representación: es una experiencia compartida, un latigazo de verdades incómodas que retumban en la piel y la conciencia.
La intérprete no interpreta, arremete. Habla de violencia, de violación, de la construcción del deseo bajo la mirada masculina, de la prostitución y la pornografía sin tapujos. Su cuerpo y su voz están al servicio de un discurso que no busca complacer, sino cuestionar. No hay complacencia ni consuelo en sus palabras, pero sí una lucidez feroz, casi quirúrgica, que desgarra los discursos dominantes sobre la feminidad y el poder.
El público, lejos de la pasividad a la que estamos acostumbrados, se ve interpelado. Hay incomodidad, asombro, incluso risas nerviosas en ciertos pasajes, pero sobre todo hay una tensión eléctrica que se mantiene de principio a fin; Maria Pau Pigem , en una interpretación sobresaliente, juega con la tensión como si fuese una cuerda que alarga, retuerza y templa, pero no llega a romper, teniendo al público en puntillas hasta el final.
La puesta en escena es minimalista: una silla, un micrófono, una cámara y un cuerpo que se expone y se afirma. No hacen falta artificios cuando el texto ya incita a un tifón.
Lo que Teoria King Kong logra en el escenario es, en esencia, lo mismo que consigue en su forma literaria: dinamitar los cimientos de lo establecido. Se trata de un acto de insurrección, de una demolición controlada de los mitos que han sostenido la opresión de los cuerpos feminizados. Y en esa demolición, en esa furia bien dirigida, hay también una propuesta: la de reconstruirnos desde otro lugar, con otras palabras, con otras libertades.
Cuando la voz se apaga y la luz se extingue, el silencio pesa. No hay un aplauso inmediato, porque el impacto necesita unos segundos para asentarse. Luego, la ovación llega, fuerte, sostenida, como un eco de todo lo que se ha dicho y lo que queda por decir. Al salir, el público lleva consigo algo más que una experiencia teatral, un retrato sincero y profundamente psicológico de aquello que la sociedad incita a ocultar. Desde la vergüenza impuesta hasta el hecho real como un grito de las profundidades, a la manera de germen de rebeldía. Y eso, sin duda, fué el verdadero triunfo de Teoria King Kong en el escenario del Teatre Bartrina.