Hace poco más de un año, Béla Tarr visitó Barcelona. Presentó algunas de sus películas en la Filmoteca, y dio una conferencia en la escuela de cine ECIB. Ahora, con motivo del Festival de Cine de Autor y del premio que este certamen le concede en reconocimiento a toda su trayectoria, el director húngaro regresa a Barcelona, y de nuevo se da la ocasión de poder escuchar sus reflexiones sobre su obra y sobre el cine en general.
Esta es, quizá, una de las pocas alegrías que nos da el retiro de un cineasta que, desde hace años, decidió no volver a dirigir. Como ya no filma, Tarr se permite hablar, y descubrir algunos de los misterios de su cine. De su última película “El caballo de Turín”, ya hace más de una década. Aquel film tenía realmente el aire de una despedida. Era, casi, un anuncio del fin de los tiempos. En una casa en medio del árido campo húngaro, un padre mayor y su joven hija, sobreviven como pueden. Con un caballo, que al comienzo de la película ha decidido no moverse más (en un gesto que apela a una anécdota de Nietzsche en Turín). Con el agua de un pozo. Con patatas como único sustento alimenticio. Los días pasan, y la vida va languideciendo. Creo que, con “El caballo de Turín”, Tarr hizo una película apocalíptica, sin embargo, no hay en ella nada de sobrenatural, ni de divino, ni, en el fondo, de apocalíptico. Hay rutina, hay cotidianidad, hay repetición, hay humanismo. Hay que recordar como en una de las escenas más hermosas de “Las armonías Werckmeister”, los habitantes de un pueblo en la Hungría comunista, sobre los que se está ciñendo una suerte de final o de amenaza, se reúnen en un bar y, bajo las indicacaciones de uno de ellos, se desplazan en círculos emulando el movimiento de los planetas. De nuevo, Tarr hace referencia al universo desde lo cotidiano.
El crítico norteamericano Jonathan Rosenbaum describía con precisión e ironía la explotación estatal de “Sátántangó”, la magistral obra de Tarr: “un paraje de la Hungría rural en el que todos todos los habitantes son unos sinvergüenzas, todo es monstruoso y nunca deja de llover”. Luego, Rosenbaum destaca que, en el fondo, la secuencia en la que vemos al médico del pueblo, ebrio y voluminoso, señala cuán complicado es moverse estando borracho. Este comentario describe muy bien la manera en que Tarr envuelve una acción aparentemente casual de un halo mítico, y aunque trabaja sobre la materia y lo cotidiano –el barro, el viento, el peso de un cuerpo que se desploma–, el movimiento de la cámara o el uso de la música que lo acompaña consiguen configurar otro carácter a estas acciones o a estas materias.
El cine de Béla Tarr en sus propias palabras
Recogemos aquí algunas ideas que Tarr elaboró en su última conferencia en Barcelona:
Sobre su colaboración con el escritor László Krasznahorkai
Había hecho una película sobre su primera novela, “Sátántangó”. Escribió un segundo libro y me mandó el manuscrito. Lo leí, y era maravilloso, pero le dije que era imposible hacer una película basada o inspirada en aquella novela. No creía que nadie pudiera ser Valuska, el protagonista. Cuatro años más tarde, hice un taller para jóvenes cineastas y ahí estaba Lars Rudolf, tocando la trompeta. Fui a hablar con él y después llamé a László y le dije: ahora podemos hacer la película, porque he encontrado al tipo perfecto.
Sobre los actores
Nunca elijo a alguien por ser actor. Incluso habiendo trabajado con actrices como Hanna Schygulla o Tilda Swinton. No me interesa las cualidades interpretativas del actor, sino su personalidad, cómo son como seres humanos, en la vida privada, en el día a día, cómo reaccionan. Cuando haces una película imaginas los personajes, pero nunca encontrarás una réplica exacta de aquello que imaginaste, así que debes encontrar a alguien que tenga una semejanza, o que esté cerca de la idea que tienes.
Sobre su tendencia a hacer tomas largas
Cuando uno hace tomas largas, hay una tensión muy especial, porque cuando la cámara rueda, todos tienen que estar en la situación. Normalmente la lógica de muchas películas es: acción-corte-acción-corte. Los cineastas ignoran el tiempo. Pero nuestra vida se da en el espacio y el tiempo. Evidentemente, sentimos una repetición de la rutina, pero cada día nos hacemos más viejos, más débiles, la vida se va moviendo. Pienso que mis tomas se hacían cada vez más largas porque no quería ignorar el tiempo. Si eres capaz de mostrar el tiempo, se alcanza una nueva dimensión. Las tomas largas me han ayudado a revelar el tiempo y la complejidad del ser humano, cómo las cosas son muy ricas por un lado y por el otro pueden ser casi nada.