A veces, la realidad puede llegar a ser muy tozuda. Especialmente en aquellas ocasiones cuando se empeña en mostrarnos lo contrario de lo que queremos ver. La ya infame escena de Donald Trump y su vicepresidente ‘segundo’ (ya que el ‘primero’ es Elon Musk) en la Oficina Oval contra Volodimir Zelenski, un ataque perfectamente coreografiado para enfervorecer a los suyos y dejar atónitos a los que no claudican ante ellos, sirvió como evidencia definitiva para los líderes europeos de que Estados Unidos ya no está con nosotros y ni se le espera. O mejor dicho: Ni se le debería esperar.
Por cierto, un apunte antes de continuar con esta columna. Me hirvió la sangre ver que la reacción de los principales líderes políticos europeos, Emmanuel Macron, Keir Starmer, Olaf Scholz y Pedro Sánchez, entre otros, fue en forma de comunicados en sus cuentas de X, es decir, la red social que Elon Musk utiliza día sí y día también para desestabilizar las democracias europeas promocionando tweets con discursos supremacistas. Entiendo perfectamente que una parte importante del público al que estos líderes se quieren dirigir está en X, sin embargo, creo que perdieron una oportunidad de oro para lanzar esos mismos comunicados en otras plataformas y debilitar así la enorme influencia que tiene X y, en consecuencia, Musk, en el debate político en los países de occidente.
Seguimos. El ataque contra Zelenski en la Casa Blanca me pilló en Zagreb, dónde daba una conferencia sobre seguridad online y desinformación en el marco de unas jornadas europeas de periodismo. Os podréis imaginar el revuelo que supuso en los pasillos del Museo de Arte Moderno de la capital de Croacia, donde se celebraban las jornadas. Observaba cómo varios periodistas y académicos se juntaban en corrillos para compartir sus pareceres sobre lo ocurrido, analizar las causas y, sobre todo, opinar sobre cuáles deberían ser los siguientes pasos que debía tomar Europa. Ya ves, Donald Trump y Estados Unidos tienen ese poder, el de cambiar el foco de atención de todo el mundo, también el de aquellos que nos dedicamos al periodismo.
De las distintas charlas en las que pude participar, me quedo con la conversación personal que tuve con Leif Lønsmann de camino al hotel. Leif es un buen amigo del Instituto Internacional de la Prensa (IPI), del que es miembro desde hace más de 30 años cuando ejercía como director de la Radio Televisión Pública de Dinamarca. Leif, ahora académico en el Nordic Journalist Center, me explicaba cómo la política de fuerza bruta de Trump ha sacado a la superficie las deficiencias que tenemos en Europa, ha identificado nuestras vulnerabilidades y las está explotando en su propio beneficio sin complejos. Por ejemplo, Trump no ha invitado a los líderes europeos a las mesas de negociación con Putin para poner fin a la guerra de Ucrania porque, según él, Europa no pinta nada. No puedo estar más en las antípodas del actual presidente de los EEUU, pero tiene razón en una cosa: Europa ha ido perdiendo relevancia en el tablero geopolítico internacional. No ha sabido encontrar su lugar o, si lo tenía, lo ha ido perdiendo ante la pujanza de China, el crecimiento de India y el nuevo momentum imperialista de Rusia.
La respuesta de los líderes europeos al órdago lanzado desde la Casa Blanca ha sido un poco esperanzador. Parece que las principales fuerzas políticas del Viejo Continente han decidido doblar sus esfuerzos en cohesionar Europa y dotarla de más herramientas para defenderse. Sin embargo, el reciente estímulo económico presentado por Von der Leyen para relanzar nuestros ejércitos no es suficiente para reforzar el sueño europeo. La Comisión debería redoblar sus esfuerzos para combatir la mentira y la desinformación que debilita a las democracias europeas desde dentro. Europa no sólo debe existir en los tratados, sino también en las mentes y corazones de sus ciudadanos. Debe convertirse en un ideal. Y para ello, se necesita periodismo, mucho más periodismo, para que los ciudadanos nos dotemos de una información de calidad que nos permita opinar con libertad.
Me levanto cada día con la sensación de que este período de transición entre el viejo y nuevo mundo ya ha pasado, que la situación no puede ir a peor. Pero la realidad, tozuda como sólo ella sabe, me vuelve a recordar que todavía queda un largo camino por recorrer.