Elena López Riera (Orihuela, 1982) se colocó en el mapa del cine español con El agua (2022), una película de ficción que recogía la leyenda sobre la relación entre el agua y las mujeres que se salían del camino marcado. Había un juego con el destino y lo mítico, y había también testimonios: mujeres hablando a cámara contando versiones similares de esa leyenda. En el mediometraje Las novias del sur (producido por SUICA films, se ha podido ver en festivales como el de San Sebastián, está nominado en los Goya a mejor corto documental), López Riera también filma a mujeres hablando, pero en este caso el tema no tiene que ver con una leyenda, sino con su intimidad. En lo que tienen de documental, tiene que ver con su anterior trabajo: Los que desean. Y en cuanto a los temas, en sus películas López Riera parece tratar de descubrir la manera en qué hombres y mujeres se relacionan.
Cuenta la cineasta que empezó con este proyecto tras una ruptura: «Me rompieron el corazón y sentí la necesidad de confrontar mi experiencia al de otras mujeres. De medir mi dolor con el de las demás», le decía a Luis Martínez en El Mundo. Algo de ese despecho se cuela en Las novias del sur, está desde luego en la inspiración de la voz en off, a cargo de ella misma, pero sobre todo, se nota en lo que le interesa de los testimonios de esas mujeres.
No son muchas pero sí variadas y todas comparten algo que quizá nunca habían dicho: la que no quiso a su marido («acostarme con él era un sufrimiento», dice) y lo dejó todo (familia) por una gran pasión; la que tenía miedo al sexo por si se quedaba embarazada, la que no tenía ningún miedo a perder la virginidad. Otra cuenta, muy orgullosa, que le llevó a su madre la toalla manchada de sangre que demostraba que había conservado «la honradez» hasta la noche de bodas. La más mayor, 103 años, dice que conoció a su gran amor a los 73 años: «pero yo estaba muy bien a los 73», matiza.
La película se compone pues de esos testimonios, memorias a cámara en las que la intimidad alcanzada sorprende a las propias mujeres que están hablando, y fragmentos de vídeos caseros de bodas. El punto de partida también es personal: la cineasta se da cuenta de que es mayor que su madre cuando se casó, es mayor que su madre cuando se convirtió en madre. En voz en off cuenta que se sabe la disruptora, la que no va a prolongar esa saga de mujeres: va a ser una hija no madre. Lo que resulta mucho más interesante de la película es que el ejercicio de preguntar a esas mujeres sobre la confrontación entre expectativas y realidad en la noche de bodas es en realidad la pregunta que le gustaría hacerle a su madre, pero no puede porque no se atreve. En ese gesto, recuerda a Jane par Charlotte, donde Charlotte Gainsbourg hacía un retrato de su madre, Jane Birkin. El retrato era un pretexto para una declaración de amor que quizá no podría hacerse sin la cámara.
De la necesidad de buscar consuelo en el dolor compartido va surgiendo un retrato plural y variado de los modos en que las mujeres se acercaban al matrimonio. Una explica el mosqueo de su marido cuando descubrió, en la noche de bodas, que ella no era virgen -«ni él me preguntó, ni a mí se me ocurrió decirle»-, la formulación es insuperable: «habían pasado cosas, había pasado una guerra, había pasado hambre... habían pasado cosas». Otra recuerda que en su noche de bodas hubo una gran tormenta: «Yo estaba haciendo el amor, y en la calle la gente corría bajo la lluvia».
Cierra la cinta el repaso al álbum de las fotos de la boda de la madre de la cineasta. No hay nostalgia, sino la conciencia de saber que hay una persona detrás de la madre a la que tal vez nunca se llegue a conocer del todo.