Las inmediatas elecciones

De aquí a apenas tres meses, elecciones municipales. Ya se están preparando para salir de sus sedes habituales y para comparecer en la palestra quienes desean optar a mejorar la vida de la ciudad, de sus arrabales y aledaños. Ya en la prensa se leen las primeras entrevistas; en la radio, los primeros sermones; de aquí a poco, también en las calles, en las esquinas.

Es momento adecuado para comprobar cómo honran a la naturaleza humana esos discursos repartidos entre intermitencias de aplausos más o menos convenidos o ensayados. No hay nada que tan pronto pase de moda, aunque permanezca en circulación, como la repetida palabra baldía. No hay peor enemigo para la democracia que el rancio parlamento descascarillado.

Se cuenta con el voto de los correligionarios y allegados, de los cercanos y habituales; se demanda —dicen los que saben— el voto a los dubitativos, a quienes titubean entre manifestarse o no manifestarse, votar o no votar, si lo primero o lo segundo, o todo junto y en batiburrillo. Es la fe de estos indecisos la que interesa avivar, o, al menos, mantenerla mortecina; ya que no en incandescencia, al menos, en tenue y ceniciento rescoldo.

La fe de quienes dudan cómo participar en la democracia se entibia, se reblandece. Se instala en ella una suerte de atolondrado conformismo. Y no la animan las entrevistas periodísticas con los candidatos, ni los sondeos más o menos inofensivos o perversos.

Los voceos radiofónicos de quienes dicen pretender mejorar la ciudad no alientan esa fe. Tampoco los mítines, que apenas reconfortarán a quienes a ellos asistan. Allí oirán lo que ya sabían de antemano, y vitorearán, tras cada frase acordada, tras cada consigna, lo que quedó convenido que aplaudieran.

La democracia se resiente, y no a causa de quienes van perdiendo la fe en esta democracia de tan escaso nivel de concurrentes, sino, precisamente, a causa de quienes proclaman tener fe tan acendrada. Un cabeza de lista electoral expulsa a otro y no porque sea mejor que aquel al que desplaza, sino porque cómo diferenciar entre medianía y aburrimiento.

Las divergencias por las que uno reemplaza a otro se van arrinconando en el transcurso de supuestos conflictos políticos sucesivos. El pensamiento político —generoso eufemismo en lugar de devoto fervor, o de favor codiciado— no existe o no cuenta.

La democracia queda convertida en una tibia o innumerable serie de continuados litigios entre quienes optan a liderar cada una de las listas electorales. Y, después, vienen las impertinentes escaramuzas entre las diversas cabezas de lista. Les acompañan quienes aúpan a unos y a otros, quienes, supuestamente, se oponen ideológicamente —generoso eufemismo en lugar de devoto fervor, o de favor codiciado— entre unos y otros.

Es este momento adecuado para comprobar cómo honran a la naturaleza humana propuestas y disertaciones, arengas y peroratas, cómo se duele la democracia tras esos juegos reiterados y convenidos. Mientras tanto, atemoriza un viejo dicho: «Entre todos la mataron y ella sola se murió».

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