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El beso

04 septiembre 2023 17:59 | Actualizado a 05 septiembre 2023 20:00
Víctor Manuel Punzano Marín
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No teman, no voy a hablar de lo que ustedes se imaginan. Lo insustancial a mí no me importa y aquí no creo que lo encuentren. Yo no sé qué tienen los besos, los de amor verdadero, aquellos cuya esencia inspiran al poeta y al prosista, al compositor y al director de cine y también al común de los mortales. El beso tiene su aquel.

Gustavo Adolfo Bécquer se mostraba capaz de dar un mundo por una mirada, un cielo por una sonrisa y, sin embargo, se sentía incapaz de cuantificar lo que sería capaz de dar por un beso, por un solo beso, dado el interés que ponía en robar de los labios de su amada, la caricia y la sensualidad que encierra un beso.

Bécquer, como tantos otros desafortunados, se preguntarán, entre una mezcla de dolor y amor, cómo es posible que el dios Eros ideara que se den ese tipo de besos, quizás sean los más apasionados, los que se catapultan con pasión pero a la vez se ignoran produciendo una inmensa desazón.

Gustavo Adolfo Bécquer se mostraba capaz de dar un mundo por una mirada, un cielo por una sonrisa y, sin embargo, se sentía incapaz de cuantificar lo que sería capaz de dar por un beso

Permítanme pararme en estos besos de ida sin retorno, porque quien los haya experimentado sabe que son tan intensos, tan profundos, tan apasionados como los que más, como los que se dan. Son lanzas de enamorado, que ante una guerra a sabiendas perdida comienza una batalla cada vez que mira a los ojos y se centra en los labios de su amor prohibido, besos imaginados noche tras noche cuando todo se hace sueño. Me fascinan porque quedan grabados siempre en el pensamiento, salen del alma para irremediablemente culminar en ella produciendo esa sensación tan bonita que aunque no queramos reconocer también produce el amor, y es su añejo inseparable, el dolor.

El dolor y el amor también son sentimientos que se respiran intensamente entre los pasillos de un hospital. Cuántas despedidas, cuántas veces hemos dicho Adiós para siempre con un beso, a un padre, a una madre, a un hermano o a un amigo. El calor de un beso en la frente o en la mejilla mientras derramamos lágrimas de Adiós.

Al pasear por los entresijos hospitalarios, no me negarán que hemos sentido esa innata curiosidad de mirar por las habitaciones donde se entreabre una puerta y nos conmueve la imagen de un hijo que lleva días agarrado a la mano de su madre anciana, esperando el trance final. Nos podemos imaginar cuántos besos habrá recibido esa mano. Estos besos tienen un sabor propio, porque ya nunca podrán volver a ser.

No podemos vivir sin besos, los de verdad, correspondidos o no, de madres a hijos y viceversa, entre amigos. Por eso lo mejor es cerrar el piquillo y hablar sólo de besos

Pero no todo es tristeza, la vida también se abre paso cada día entre sus muros, y ahora son otras madres las que besan a sus hijos recién nacidos, enamoradas de la maternidad, dan el primer beso en la cabeza del retoño.

Hay besos que forman parte añeja de nuestra vida, como la experiencia del primer beso, quizás una de las más intensas de la vida. Los que un día quemaron nuestra existencia y se convirtieron en cenizas o aquellos otros que se hicieron esperar tanto y después fueron el todo o la nada. Los que apenas fueron un roce, pero dejaron su intensidad grabada a fuego. Los besos ingenuos cuando pensábamos que tenían distintos sabores y los besos sabios cuando verificamos que, en realidad, tenían sabor propio.

Y sobre todos ellos, los pretéritos, los que el amor apagado hace que jamás hubiéramos dado, porque nos hemos convertido en pasado del deseo ajeno. Lo que está claro es que no podemos vivir sin besos, los de verdad, correspondidos o no, de madres a hijos y viceversa, entre amigos. Por eso lo mejor creo, es cerrar el piquillo y hablar sólo de besos.

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