Las grandezas que ofrece el deporte de vez en cuando son incomparables al resto. Este sábado, a 700 kilómetros de aquí, tuvo lugar una memorable: el CF Reus subió, por fin, a Segunda División B y los futbolistas dedicaron la hazaña a Jordi Pitarque, compañero fallecido a principios de temporada. Así de fácil, como si el fútbol fuera justo, como si tan lamentable varapalo anímico hubiera originado la energía necesaria para, por fin y a la quinta, superar la barrera maldita de los play off. Dicen los que conocen ese vestuario que ese grupo es muy especial y que el recuerdo de Pitarque tiene mucho que ver en este éxito. En el fútbol, se habla mucho de objetivos comunes, de fer pinya y de grupos unidos, y se cae en tópicos pero creo que esta vez es real, que de verdad hubo una consigna de pelear hasta el final por ese sueño y de tener siempre a Pitarque en la memoria, ayudando desde algún lugar. Se antoja, más que nunca, un ejemplo de superación, un manual psicológico de cómo caer y volverse a levantar. Otro ejemplo: ayer, el ciclista José Joaquín Rojas se proclamó campeón de España y le dedicó la gesta a su compañero Xavi Tondo, fallecido hace poco. Nada como el deporte nos brinda este tipo de lecciones que sirven para la vida y que, de higos a brevas, nos reconcilian con el género humano, cuando no hay demasiados motivos para confiar en él.