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El eterno retorno

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Dánel Arzamendi | 10/04/2011 17:32

Hace unas semanas, un afortunado documentalista descubrió un periódico de 1974, cuyos titulares podrían ocupar la portada de cualquier ejemplar del mes pasado: posible relevo de Gadafi como presidente de Libia, problemas para la economía española, llamamiento público al ahorro energético, nuevos límites de velocidad en las carreteras… Para colmo, aquella edición del diario Ya recogía el triunfo de Abba en el festival de Eurovisión con la canción Waterloo, cuya primera estrofa sentencia: “el libro de historia, en el estante, siempre está repitiéndose”.

Estas casualidades suelen despertar el instinto paranormal en los amigos de lo esotérico, empeñados en recorrer el camino investigador en sentido inverso. Así, mientras un auténtico científico intenta proponer explicaciones racionales para los sucesos que nos resultan misteriosos, Iker Jiménez nos calienta la cabeza con explicaciones misteriosas para sucesos perfectamente razonables. Puede que también haya quien pretenda atribuir estas reiteradas desgracias económicas, energéticas e internacionales a un oscuro contubernio de los poderes fácticos que rigen los destinos de nuestro planeta, quitándose oportunamente de encima toda responsabilidad en el desaguisado. Llegados a este punto, convendría recordar las sabias palabras de Napoleón, cuando afirmaba que nunca debe atribuirse a la conspiración lo que puede explicarse con la incompetencia.

Porque la reaparición de estos conflictos pone simplemente de manifiesto el enquistamiento de unos problemas no atajados en su momento. ¿Alguien dudaba del carácter dictatorial y belicoso de Gadafi? ¿Hemos asumido que unos recursos energéticos limitados son incompatibles con nuestro actual ritmo de vida? ¿Por qué se desaprovechó el tiempo de bonanza para reformar una estructura productiva apoyada sobre un armazón de gelatina? Obviando la crisis internacional, nuestro precario porvenir económico ya se vislumbraba desde hacía muchos años, por mucho que ZP exigiera nuestra entrada en el G8. Ya entonces, los gurús de las finanzas globales nos incluyeron entre los países que las pasarían canutas ante la más mínima adversidad, bautizándonos despectivamente como los PIGS (Portugal, Ireland, Greece & Spain). Evidentemente, nuestra austera clase política ha mantenido una flota de coches oficiales superior a EEUU, y se niega a viajar al Parlamento Europeo en Chicken Class. Como consuelo de tontos, nuestros vecinos portugueses lo tienen aún peor, abocados al rescate comunitario después de fracasar el plan de ajuste del presidente Sócrates. Presumiblemente, su partido intentará salvar las inminentes elecciones culpando de la debacle a Bruselas o a los gobernantes que les precedieron, es decir, a los presocráticos.

El déjà vu informativo que nos está tocando vivir, se ha visto acentuado esta semana con dos nuevos y escandalosos sucesos. En primer lugar, la tormenta de corrupción en la Junta de Andalucía ha terminado por descargar, recordando los episodios más estrafalarios del sainete de los Guerra. Así, mientras se investigan los ERE falsificados y se destapan las aventuras económicas de los hijos de Manuel Chaves, José Antonio Griñán afirma que el expresidente andaluz es el político más honesto que conoce. ¡Esto sí que me da miedo! Por otro lado, el juicio contra Miguel Planchuelo por el secuestro de Segundo Marey ha obligado a algunos periodistas de partido a salir en defensa de sus patrocinadores, insistiendo en que la guerra sucia contra ETA fue un asunto de cuatro policías que actuaban por libre. ¿Acaso nos hemos olvidado de todos los políticos de la época, incluido un ministro, que acabaron con sus huesos en la cárcel?

La guinda la ha terminado poniendo otro personaje del museo egipcio, José María Aznar, al comparar el caso Faisán con la trama de los GAL. El chivatazo, que presuntamente se produjo durante la última tregua de ETA, puede ser muchas cosas: una torpeza impropia de un gobernante eficaz, el resultado de una concepción excesivamente amplia de la excepción negociadora, una bienintencionada aunque intolerable ayuda a los terroristas… Lo que no podrá ser jamás es una orgía de torturas, secuestros y asesinatos como la que protagonizó el gobierno de Felipe González en los años ochenta, y que sirvió a los etarras para justificarse ante la sociedad vasca durante más de dos décadas.

Últimamente, Aznar logra encarecer el pan político cada vez que abre la boca, empeñado en dejar para la posteridad una imagen paródica de sí mismo. El cambio de milenio pareció arrebatarle el sentido de la mesura, y de paso, el del ridículo. Sus detractores se pusieron las botas con aquel boceto de rey absoluto, llegando a parodiarlo por su parecido con un conocido personaje del cine cómico. En este punto debo ser tajante, pues la comparación del presidente de FAES con Charlot supone una inadmisible e injusta falta de respeto: Charles Chaplin jamás habría protagonizado la burda astracanada en la que Aznar vive últimamente instalado. El carácter agrio y destemplado que destila desde el triunfo de ZP, terminará por hacernos olvidar que en su primera legislatura fue un buen presidente. Hay que saber retirarse.





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