Un domingo por la mañana del pasado mes de marzo, unos jóvenes vieron salir humo de un apartamento incrustado en el Pinar de Perruquet, llamaron pero no hubo respuesta. Subí y vi que acababa de llegar un joven con uniforme, golpeamos la puerta, no contestaba nadie; vi que pedía instrucciones por el walkie: «¿Le pego una patada ?¿Sí ?», una patada y la puerta abierta.
El espectáculo era tremendo: estaba todo negro, salía humo, todo estaba desordenado, caía agua y restos quemados del techo, al fondo se veían como dos focos de llamas, salía mucho calor; gritábamos «Valerio, Valerio»... sólo silencio y el crujir del fuego.
Había que hacer algo, buscábamos algo para apagar aquello. Subí un extintor de un restaurante del edificio, le dije «¿entro yo?» y dijo «no», entonces se ató una especie de bufanda tapándose la cara y se metió en aquel infierno, salió al cabo de poco tiempo tosiendo.
El hombre estaba exhausto; entonces empezó a llegar gente de uniforme, mossos, policías locales, vi cómo sacaban a una mujer que respiraba y una bombona de butano, subían corriendo los bomberos, les dije «tranquilos, que el fuego está controlado» mientras bajaba por la escalera pensando lo que podía haber pasado allí.
Ya en la calle, sacaban a una mujer en camilla y aquel joven seguía tosiendo. El joven que tosía era un policía local de Vila-Seca al que no había visto nunca ni he vuelto a ver. Se jugó su vida y salvó la ajena, y quizá el edificio entero y el Pinar de Perruquet.
Desde estas líneas le rindo homenaje y le digo que su actitud fue ejemplar y que me enorgullezco de contar en la Policía Local de Vila-seca con gente tan valiente y tan desinteresada como él.