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Sin aquellos médicos

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JOSEP MOYA ANGELER | 24/03/2012 11:39

Hace sólo tres semanas, un análisis de sangre hecho en la Seguridad Social me indicaba un cáncer de próstata, pues la tasa de PSA estaba –decía el análisis– nada menos que en 19’107, cuando a partir de 4 está indicando la probable existencia de un cáncer. He repetido el análisis, en un laboratorio de pago, y ha resultado que la tasa era del 2’340. Ya no tengo cáncer.
Hace menos de un mes, mi esposa –que padeció una neumonía el pasado año– acudió al médico de la Seguridad Social con un intenso catarro que a veces le ahogaba; el médico la despachó sin auscultarla ni visitarla diciendo que eran cosas del invierno.
Hace tres meses, en el Clínic de Barcelona, visité a un pariente cercano, quien me dijo que le faltaban apósitos, y que la enfermera alegaba que no había, pero en el carrito de la enfermera lucía un montón con más de cincuenta apósitos.
Una conocida amiga mía, hace unos meses, recibió del médico de la Seguridad Social la extraña noticia de que estaba embarazada. «Es imposible», respondió ella, a lo que el médico contestó: «No me replique, porque son cosas que pueden pasar: el análisis es concluyente». Y mi amiga respondió, saliendo de la consulta hecha una furia: «¡Es que hace más veinte años que me extirparon los ovarios y encima tengo más de sesenta años!».
Estos casos son sintomáticos de nuestra Sanidad pública, en donde ocurren dos cosas patentes: por una parte, el descontento de algunos de sus profesionales  por la política de contención del gasto, que les obliga a trabajar más. Por otra, el desinterés clínico por el enfermo, traducido en un actuar rutinario, sin contrastar resultados, sin velar con interés por el paciente.
En el primer caso, hay profesionales de la Sanidad pública que buscan trasladar al enfermo su malestar, para que el enfermo se queje y someta presión a los gobernantes, intentando así recuperar un status que, con los tiempos que corren, estaban cargados de privilegios. En el segundo caso, se ha perdido la vocación médica por la cual el médico desarrollaba su intento de patólogo, tratando de comprobar lo que un análisis, tal vez erróneo o mal interpretado, podía decir induciendo a error.
Soy hijo de médico, de un médico que murió joven pero ya con un gran prestigio por su capacidad de diagnóstico y su gran humanidad. Eran los tiempos en que Agustí Pedro i Pons y otros maestros crearon una escuela de grandes médicos barceloneses: Ciril Rozman, Ludovic Drobnic, Angel Ballabriga, Isidro Claret, y otros surgidos en la posguerra, época de calamidades en que el médico no solamente sanaba, sino que consolaba y, sobre todo, reconfortaba. Tres grandes conceptos que se pronuncian en un instante pero llevan una gran carga de humanidad y ciencia: curar, consolar y reconfortar, que convertían al médico en un ser superior, casi taumatúrgico. Eran médicos entregados con pasión al descubrimiento de las dolencias en el cuerpo del paciente, capaces de decir «estos análisis están equivocados» cuando su sabiduría les indicaba que su percepción no cuadraba con los datos analíticos que, en principio, parecen irrefutables.
Aprendí de mi padre y de esos grandes médicos que la Medicina ha de ser una pasión  para quien la ejerce; y ha de despertar la avidez por el conocimiento cada vez más profundo del cuerpo humano… y del espíritu, porque también al espíritu hay que animarlo para vencer mejor las dolencias.
Hay grandes médicos en la actualidad en Catalunya, excelentes investigadores sobre todo. Pero de médicos de cabecera solventes, con la agudeza y la pasión por el enfermo, apenas tengo referencias. La inmensa mayoría han bajado a la arena del trabajo rutinario, en especial si están en la Seguridad Social, despachando pacientes a gran velocidad. Nuestra Seguridad Social empieza a tener bastante de inseguridad social o médica, especialmente si las dolencias que uno tiene no son graves. Aún recuerdo cuando me presenté en un centro de asistencia primaria con lo que luego supe que había sido un cólico hepático, en que el médico ni me visitó diciéndome «vaya a un hospital, porque esto es un chiringuito». ¡Con lo que nos cuesta la Seguridad Social y luego nos dicen que nos atienden en un chiringuito! ¿Dónde están las manos que deben saber palpar el cuerpo del enfermo, dónde el ojo clínico, dónde la perspicacia del médico? Ni un consuelo, sólo chiringuitos.
Un amigo mío tiene una dolencia que requiere de la cirugía, aunque no urgentemente; el cirujano le ha explicado la operación, relativamente sencilla, pero ha observado que mi amigo estaba decaído. Y le ha preguntado como andaba de espíritu. «Muy bajo, doctor». «Bien–le ha respondido el facultativo– entonces, esperaremos unos meses a que esté más fortalecido de ánimo y operaremos cuando me venga usted más sonriente». Este médico, claro está, lo ha atendido en una clínica particular de pago.





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