A los mediterráneos nos asusta el frío. Somos heliotropistas. Y estos días de frío nos inquietan. Porque el frío es un enemigo del hombre. Por eso se le combate.
Lo mejor de este frío actual (que nada tiene de siberiano, porque el frío puede ser intenso, suave, húmedo o seco, pero nunca siberiano, como si fuera una marca de queso) es que ha habido una voz que nos ha tranquilizado avant la lettre. Ha sido la de Felip Puig, el conseller que ha aprendido de las escaldadas de sus antecesores, especialmente de Joan Saura quien creía que ser conseller era sonreír dejando que las cosas marchasen por sí solas, cuando las cosas marchan porque hay alguien que se ocupa de que funcionen.
Puig ha tomado el mando de la situación antes de la emergencia. Ha hecho cuadrar a los suyos en torno a la mesa del Gabinete de Crisis y con ellos –para esto están los equipos- ha destilado un mensaje: hace frío, puede nevar y pueden surgir problemas. Pero estamos preparados. Y, a continuación, ha añadido la perla del mensaje: seamos prudentes. Y ha puesto cada cosa en sitio, es decir, le ha dicho al ciudadano que él también tiene responsabilidades de cuanto hace, y que no es hora de cometer imprudencias.
Hace frío. Ya pasará. Y mientras tanto, seamos prudentes. Y todos tranquilos porque sabemos que las nubes son caprichosas y descargan en donde les place y no donde los meteorólogos dicen, y que si nos pillan y descargan la nieve, no podemos quejarnos.
En un año de mandato, Puig ha aprendido a enterrar el autoritarismo típico de todo conseller de Interior. Ha perdido los tics del político que debatía en el Parlament y ha ganado en hondura y sobre todo en saber conectar con la población. Le habla a la ciudadanía en el lenguaje justo que necesita, sin tecnicismos pero con precisión, con naturalidad y convencimiento que convence. Y el ciudadano, huérfano siempre en situaciones de crisis, lo ha entendido, lo ha aceptado y se siente comprendido y arropado. ¡Qué difícil es hoy en día que la ciudadanía acepte a un político!
Lo más importante de la trastienda de esta realidad, de esta imagen que llega a la población, es que Puig no ha querido delegar en ningún otro miembro del Gabinete de Crisis. Seguramente, porque el resultado hubiera sido muy diferente ya los técnicos que tiene no dominan suficientemente la comunicación y pueden cometer errores. Una buena decisión técnica, mal comunicada, es una mala decisión. Esto obligará a Puig a dar siempre la cara por los suyos, lo que no sé si en el futuro le será bueno o bien nos cansaremos de escucharle dando consejos ante situaciones de menor rango. El desgaste que puede parecer podría ser importante.
En el apasionante mundo de la prevención de crisis, en el que he trabajado desde hace veintiún años, es difícil compaginar la información técnica con la información a la población. Durante estos años, he trabajado con centenares de técnicos de toda Europa formándolos en los métodos comunicacionales para que sean convincentes en los momentos decisivos. Y siempre les planteo que la credibilidad se basa en un método bien sencillo: empatía social, convencimiento interno, emotividad expresiva, lenguajes no técnicos y seguridad técnica de que se domina la situación y se conocen las respuestas. Todo ello, tan sencillo de decir, no se improvisa. Es muy difícil de conseguir y articularlo de forma plausible. Felip Puig, sin embargo, lo ha manejado con soltura porque ha ido puliendo su personalidad a lo largo de los años y, sobre todo, porque se ha sentido seguro en el cargo. Ha conseguido aplicar con acierto todos los elementos de la buena comunicación de crisis. Ya ven, cuando más prudentes somos, cuanta más prudencia nos irradian, incluso nos parece que hace menos frío. De eso se trata, de que no cundan alarmas, pero también de que nos sintamos con elementos suficientes como para defendernos. Por cierto, sin alguien quiere perder ese miedo mediterráneo al frío le aconsejo que se vaya a Moscú o a Kiev en esta época. Probará qué se siente a menos treinta grados y, de vuelta, nunca más sentirá frío cuando aquí el termómetro se nos ponga simplemente a cero grados. Es una vacuna infalible.