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Dalí no iba al cine

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JOSEP MOYA ANGELER | 03/12/2011 09:49

Dalí me miró con ojos cansinos y como el que hace un descubrimiento me largó:

– Dentro de veinte años, nadie irá al cine.

– ¿Por qué?, le respondí sabiendo que él quería que le preguntara exactamente eso.

– Porque yo ya no voy al cine.

Dalí era un hombre de una praxis y un pragmatismo radicales. En la antigua Grecia hubiera causado furor. Defendía el sentido común con tal ahínco que lo lógico parecía un absurdo entre quienes le escuchaban. No necesitaba demostrar que el sentido común era el menos común de los sentidos, pues era obvio. En algunos encuentros con él, mantuve duelos dialécticos tratando de demostrar quién de los dos era más sensato, lo que no dejaba de ser una pugna por evidenciar  quien era más surrealista, de acuerdo con aquella frase de Brel, terrible, que suena menos violenta con música: «la verité, qui nous evite» (de la atormentada canción Voir un ami pleurer) Dalí erró en unos años lo que empieza a ser una evidencia: los cines languidecen porque detrás de las cámaras hay negociantes en lugar de artistas. Pero lo realmente importante es que Dalí defendía que el mundo se estaba volviendo absurdo y que a la sensatez se le comenzaba a llamar locura.

Nuestra sociedad está construyendo una realidad torcida, como quien construye una torre inclinada, que acabará por caer. Rotos los esquemas de valores, perdida la orientación del sentido común, engullidos por un consumismo que golpea con su peor arma a través de su propia crisis, los humanos vagamos errantes sin construir ordenadamente nuestras vidas. Nuestro orden de valores está pervertido, y lo que es peor es que estamos inculcando esos errores a nuestros hijos, a los que castigamos con enseñanza sin formación, que es lo que los profesores defienden vergonzosamente: un profesorado sin maestría. Nos costará décadas despertar a la contundente realidad de una vida dominada por las ideas y no por las ambiciones. Muchos se quedarán por el camino, sin haber dado un sentido a sus vidas, huyendo aceleradamente de la muerte, porque la muerte es quien pone las cosas en su sitio al imponer un balance cuando llega su hora. ¿Y qué balance ofrece nuestra sociedad actual? Mediocridad, evasión de la realidad, engaño perpetuo como si fuéramos eternos o como si la vida sólo la tuviéramos para no pensar.

Decía Brossa que si cuando tienes un problema tomas el tren para huir de él, cuando llegues a la estación de destino te encontrarás que el problema está allí esperándote. En esta sociedad que ha puesto en boga las huídas hacia adelante (la gente no viaja para conocer y conocerse, sino para huir) la desesperanza será en breve la pócima maldita que todos beberemos. Esto es lo que estamos construyendo, una sociedad sin sentido, sin lógica, sin sensatez. Tres conceptos sencillos que tratamos de encontrar porque en el fondo queremos una solución, esa solución que muchos buscan en los libros de autoayuda, pero que siempre está dentro de nuestra voluntad de querer ser más humanos, es decir de querer volver a palpar la realidad de nuestra condición humana.

Ahora que toda Europa se convulsiona, ahora que descubrimos que hemos vivido falsamente a base de crearnos deudas impagables, ahora que nadie parece encontrar salida al laberinto que hemos construido, se debiera imponer el sentido común que no es otro que el que nos dice que hay que bregar para sobrevivir, que hay que poner orden en la vida y hay que darle un sentido, ese sentido que Víctor Frankl definió como algo muy sencillo. Fue Frankl quien dijo que «las personas tienen los medios para vivir, pero carecen de sentido por el qué vivir»; y también que «la gente vive en un vacío existencial que se manifiesta sobre todo en el aburrimiento. La gran enfermedad de nuestro tiempo es la carencia de objetivos, el aburrimiento, la falta de sentido y de propósito».

Repito, nos falta sentido común y sensatez para alcanzar compromisos con nosotros mismos. Asesarnos. Y hacer luego que nuestros actos se correspondan con nuestras ideas.





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