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Esperpentos

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JOSEP MOYA ANGELER | 08/10/2011 11:31

¿Cómo puede avanzar un país si vive entre esperpentos? ¿Cómo seguir adelante si hay quien se empeña en alejarnos de la realidad, la prudencia, la justa medida y lo adecuado? Si tomamos un tren cualquiera y atravesamos España, deteniéndonos en cinco o seis ciudades, incluida Madrid, nos daremos cuenta de cómo campa una visión decadente, estrecha e irreal de la vida, de cómo se vive en muchos casos sin el impulso vital que haga aspirar a mejores y nuevas metas. Es un viaje decepcionante que nos sitúa en la realidad de esta España tan arrimada al desatino, lo grotesco, la falta de impulso y la desidia, así como  el cambalache, la componenda y la pillería. Seguimos –siguen ellos- demasiado cerca de la Carmen de Merimée.

Tres ejemplos de estos días corroboran esta imagen todavía en blanco y negro de la España profunda. La primera, el escándalo de Caixa Galicia, en que los que la han hundido mientras se lucraban excesivamente y quién sabe si fraudulentamente, se van a llenar los bolsillos en el momento de la quiebra o al menos eso pretenden, pues lo dicen contratos en los que las partes contratante y contratada son la misma. ¡Y el Banco de España cerrando los ojos! Lo del Banco de España es indignante: su misión debería ser la de emitir moneda (ya no puede, desde que tenemos el euro) y controlar a los bancos (y tampoco los ha controlado). ¿Qué ha hecho entonces el Banco de España en estos últimos años? Casi nada, lo más destacado ha sido tolerar que nuestro sistema bancario se corrompiera hasta los límites que ahora conocemos, con cajas en bancarrota a las que hay que inyectar dinero público. ¡Y encima el gobernador del Banco de España se atreve a enmendarle la plana al presidente del Gobierno! Fernández Ordóñez debiera haber dimitido por su fracaso en su misión de vigilante del sistema bancario. O haber sido cesado de forma fulminante al comprobarse cómo aplicaba la vista gorda cuando las cajas de ahorros llevaban a cabo prácticas aberrantes. Sin embargo, asombrosamente él sigue en pié y encima con aires de saber mejor que nadie cómo saldremos de una crisis de la cual él es responsable en parte. Lo de Caixa Galicia no es un hecho aislado, sus prácticas han sido y siguen siendo moneda común en el sistema financiero. Y eso no es grave, es letal.

El segundo ejemplo de la España en blanco y negro es la duquesa de Alba, una anciana majadera, falta de sentido de la realidad, que ha aireado su falta de sentido del ridículo con desatino y la fealdad que da una indigna ancianidad. Es evidente que si se quiere casar que se case, pero alimentar como ha hecho a la caterva de parásitos de la televisión y ponerse a bailar ante la plebe ignorante es grotesco. La duquesa ha impuesto el desatino y ha olvidado lo de la dignidad del cargo heredado y la misión prudente de todo noble de no dar carnaza, sino exhalar señales de buen gusto y buen criterio. Goya hubiera pintado de maravillas esta boda de la España negra. Una boda que marca lo máximo a lo que puede aspirar nuestra sociedad, mientras el buen gusto se remueve en arcadas en miles de estómagos.

El tercer ejemplo lo ha dado el injusto juez que ha sancionado, después de casi dos meses de la indiscutible agresión, con dos partidos de la próxima supercopa que le toque en suerte (es decir, que quizás jamás) al entrenador del Real Madrid por meterle el dedo en un ojo a un colega, curiosamente del Barcelona. Este juez ha entendido a la perfección que España debe ponerse a las órdenes del Real Madrid como viene siendo desde hace ochenta años. Y le ha hecho el paripé seguramente a cambio de nada, sino porque aún le anida el sentimiento de que ese club encarna las esencias de un país que debe ser sometido a las veleidades centralistas. Esa vieja idea de que España es Madrid y el resto es periferia, a veces incordiante. Es el típico complejo de inferioridad que Franco reflejaba tan bien con su pequeña estatura y su vocecita aflautada pero firmando el placet a sentencias de muerte para limpiar a España de los que no pensaban como él.

El esperpento de esta España agreste y árida nos hace sentir a muchos extraños en tierra de no se sabe quien, apátridas europeístas que nos aferramos a Catalunya con todos sus defectos porque al menos Catalunya tiene cuatro ideas claras sobre el futuro y hay gente con sentido común, más de los que nos imaginamos. Es cierto que en esa España, como islas solitarias, hay ánimas que también vean así las cosas, que se sofocan con lo grotesco y padecen de ansiedad crónica porque se sienten perdedores de una batalla imposible. Pero aquí, en el país de los indómitos catalanes, somos legión los que cada vez estamos más incómodos pues quien más o quien  menos sabe mirarse en el espejo de una gran Europa que, pese a sus momentos difíciles, sigue siendo la referencia.





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