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Oportunidades

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JOSEP MOYA ANGELER | 24/09/2011 10:59

Siempre corren buenos tiempos para los que tienen ideas, empuje y convicción. Incluso cuando todo a nuestro alrededor pinta negro. En efecto, de entre las muchas lecciones que nos ha enseñado esta crisis total, la más importante es constatar que nadie vendrá nunca en nuestro auxilio, que somos nosotros mismos los que debemos tirar de nuestra vida para, con suerte, tener éxito,  porque el éxito no es sólo fruto del esfuerzo, también interviene el azar, pero es aún más cierto que sin esfuerzo previo no hay azar que nos sonría, excepto el azar de la lotería cosa que no recomiendo a nadie.

Sostengo desde hace tiempo que las crisis llegan porque ponemos todos los factores para que se concite, y se van cuando decidimos hacer caso omiso de la crisis y emprendemos la senda de nuevos proyectos, porque es una verdad como un templo (aunque algunos digan que es un paliativo recurrente) que toda crisis es una oportunidad para emprender el camino de un nuevo éxito. Buscar excusas para seguir en la brecha es la mejor respuesta, sobre todo si estas excusas son buenos argumentos. Porque el éxito atiende a razones, además de atender a impulsos.

La principal razón que anima al emprendedor en tiempos difíciles es que hay que prepararse para cuando vengan los buenos tiempos, no vaya a ser que nos pillen a contrapié y cuando queramos reaccionar la competencia nos haya comido el terreno. Uno juega un buen partido si antes se ha entrenado, de la misma forma que uno sale airoso de una crisis si ha luchado para conseguirlo. Dicho de otra forma, el conformismo es el peor remedio a una crisis.

Ya sé que en el otro lado hay algo arduo y trabajoso, como es el hecho de no aceptar que la crisis nos ahogue o, cuanto menos, nos afecte. Pero es indispensable para seguir adelante. Cuando un barco se va a pique, el naufrago sólo tiene una solución que es nadar hacia la costa; porque permanecer a la deriva teniendo cerca la costa no le salvará. Y todas las historias de náufragos supervivientes nos vienen a decir que si lograron salvarse es porque tomaron una u otra medida para poner a salvo su piel.

El catastrofismo de estos tiempos parece que le ha cogido gusto a la idea de que esto se hunde. Sostengo desde hace años que ningún país cierra como el que cierra una tienda. Todos los países sobreviven a las peores circunstancias y si no que se lo pregunten a los argentinos que vivieron el corralito o a los españoles que conocieron la posguerra. Se sobrevive mal, con una gran dureza, pero se sigue adelante, y esta es la gran lección  del instinto que llevamos todos adentro. Otra cosa es que ese instinto está adormecido por la vida fácil que hemos llevado los últimos años, en que en expresión muy catalana parecía que el país era una inmensa ‘bota de Sant Ferriol’ aquella de Fornells de donde no dejó de manar vino incesantemente.

Ahora, los agoreros sólo saben salir a la calle para pedir que no haya recortes, como si las arcas municipales estuvieran tocadas por el dedo de Sant Ferriol. Que no pare la fiesta. Cuando todos sabemos que podemos seguir viviendo casi igual con un quince por ciento menos de gasto. ¿Por qué tener todos los quirófanos de un hospital abiertos, esterilizados y con el instrumental a punto, si no se usan racionalmente a todas horas? Si se cierran algunos quirófanos y se concentran las operaciones en los imprescindibles se deja de despilfarrar. Ese concepto de despilfarrar se unió equivocadamente al de ‘Estado del bienestar’, otro error mal gestionado que precisó para alimentarlo la apuesta económica por el sector de la construcción y la mano de obra inmigrante, eso que ahorra mismo lastra nuestra economía. El Estado no ha de ser el páter que todo lo da y gratuitamente, el Estado es un administrador de las cosas públicas y, sobre todo, el moderador de desmanes. ¡Menudo Estado hemos tenido en los últimos años, estimulando el consumo por el consumo!

Frente a tanto descontrol público, sólo queda la reacción individualizada. La revolución persona a persona. Una revolución basada en la sensatez, el tesón y el espíritu de sacrificio. No quiero hablar de ahorro, porque suena a algo imposible, pero creo que debiera hacerlo. Ahora es, también, tiempo de ahorrar, para enfocar de una nueva manera una vida más sencilla, con menos ‘signos externos’ y más signos internos. Con satisfacciones íntimas, que son más duradera que las que genera el gastar por gastar. Sí, es tiempo de oportunidades, sólo hay que buscarlas y defenderlas con  fe.





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