Tengo la impresión de que en el PP están tan seguros de su victoria en las elecciones de noviembre que probablemente se llevará una decepción la noche electoral. Ya le ocurrió a José Mª Aznar en 1966 cuando estaba convencido de una mayoría absoluta y no la logró; el enfado de Aznar fue de solemnidad.
Ha sido hasta ahora, para el PP un cabalgar con el látigo en la mano, haciendo una oposición de acoso y derribo muchas veces injustificada. A los del PP en cuanto sus asesores les dan un mensaje se lanzas feroces a difundirlo, venga o no al caso. Y creen que les ha dado resultado. Menudo resultado: en las encuestas los ciudadanos le dan un sonoro suspenso (una nota de 3) a la hora de valorarlo como político. Sin embargo, en otros terrenos el PP ha avanzado notoriamente por dos motivos bien diferentes; el primero, que Rodríguez Zapatero se ha hundido solo; el segundo, que entre Intereconomía y sus secuaces junto con la Cope han hecho, a fuerza de insistir, daño.
Los de Intereconomía han convertido en negocio el ataque sistemático, brutal y falaz a todo lo que no sople en su dirección que es la de la España una grande y libre, la gran mentira del franquismo. Y han animado, y casi obligado, al PP a navegar en el mismo barco. Ha habido momentos en que los populares han tenido que frenar porque tanto despropósito les desbordaba.
Fue Goebbels quien instauró el concepto “repita muchas veces una mentira porque se convertirá en verdad aceptada” y así dominó el mundo de la comunicación con un cinismo notorio y una gran capacidad de manipulación. Es el mismo principio que, suavizado, vemos en esos populares lanzados a la difamación permanente, a repetir la idea de que “el Gobierno ha pactado con ETA” (frase que tiene casi un millón de entradas en Google) hasta que gentes inocentes e ingenuas se lo han llegado a creer. Ese es el daño: envenenar a gente vulnerable. Decir y repetir que Marina Geli era una “guarra” y una “zorra, puerca y repugnante” para, más tarde y con la boca pequeña, pedir disculpas.
Son tan culpables los personajes que lanzan sus exabruptos y mentiras como las empresas que hacen publicidad en sus medios. ¿Qué esperan esos empresarios? ¿El retorno de Franco, del oscurantismo que permitía esquivar impuestos o liquidarlos con una “mordida” mejicana?
Esta caterva de individuos vociferando, insultando y mintiendo persistentemente, obsesionados por su pasado feliz en la dictadura, le hace parte del trabajo sucio al PP. Del resto se encargan ellos mismos, y Mariano Rajoy lo tolera. Rajoy, que mentía entre sudores cuando decía que del Prestige sólo salían “pequeños hilitos… como de plastilina”. Rajoy que cuando acaba de hablar en el Congreso lanza su mirada a banda y banda, gesto típico del que dice una barbaridad y mira a ver si alguien se la cree o le han descubierto.
Si el PP ganas con enorme ventaja las próximas elecciones ¿seguirá el imperio de la mentira sistemática, la imposición de su realidad totalmente irreal? “¿A quién votar, entonces?” me preguntan unos amigos riojanos. Les respondo que el problema es más que grave: ni el PSOE ha sabido llevar bien la nave en la tempestad económica que alimentaron Aznar y luego Rodríguez Zapatero, ni las esperanzas sobre Rajoy son halagüeñas. España no tiene solución, no hay un tercero en disputa o alternativa. En Catalunya tenemos al menos cinco partidos consolidados y un par más de reciente creación con representación parlamentaria.
Hay donde elegir aunque todos pertenecen a una misma familia: a una clase política agotada. Sin embargo, en el resto de España, el panorama es desolador: o nos aferramos a nuevas expectativas que pueda despertar Pérez Rubalcaba o cedemos a la presión apocalíptica de Mariano Rajoy. Todo ello deja muy poco margen para la esperanza.