Desde 638 metros de altura, la montaña ofrece unas excelentes vistas de la zona
Uno de los lugares de obligado peregrinaje en el Baix Camp es el Castell Monestir de Sant Miquel d’Escornalbou, un monumento construido en lo alto de una montaña de 638 metros situada a unos cinco kilómetros del núcleo urbano de Riudecanyes, el municipio de esta construcción documentado ya en 1153. Tanto el castillo, centro de una amplia baronía, como la iglesia de Sant Miquel fueron la sede de una canónica agustiniana hasta 1574.
Acercarse hasta el Castell d’Escornalbou es sinónimo de un agradable paseo por la comarca del Baix Camp. A Riudecanyes –municipio también conocido por su pantano y que en sus tierras los agricultores producen uno de los mejores aceites de la DO Siurana– se accede con facilidad desde Reus o Cambrils en poco más de diez minutos por una carretera recientemente mejorada.
Para acceder al castillo existe otra carretera que sale del mismo núcleo urbano de Riudecanyes que, en cinco quilómetros, llevará al visitante hasta el pie del castillo, situado en una pequeña montaña que ofrece una vista impresionante del Camp de Tarragona, prácticamente desde Valls hasta l’Hospitalet de l’Infant. Además, la altitud y la situación geográfica provoca un clima en ocasiones más fresco que en el litoral y también fuertes rachas de viento.
Desde Escornalbou hay diferentes rutas ideales para los excursionistas que pueden ir por senderos de montaña hasta los pueblos próximos como Duesaigües, L’Argentera, el mismo Riudecanyes o Vilanova d’Escornalbou, cuatro poblaciones que todavía mantienen intacto el encanto del Baix Camp rural de décadas pasadas.
Los límitesLa historia cuenta que la montaña de Escornalbou estaba situada en los límites entre las tierras cristianas y las musulmanas por lo que sirvió de refugio a numerosos sarracenos que huían de la Reconquista finalizada en Siurana en 1153. Alfonso I de Aragón cedió años más tarde (1165) las tierras al canónigo de Tarragona Joan de Sant Boi, que consiguió reunir muy pronto una comunidad de seis monjes que dieron inicio a la construcción del templo. Los canónigos crearon una cofradía dedicada a san Miquel que sirvió para recaudar fondos para construir tanto el templo como la casa de los monjes. Además, la cofradía fue un importante foco de religiosidad en la zona.
Sin embargo, el monasterio nunca fue muy influyente y poco a poco fue perdiendo relevancia. En 1574 únicamente quedaba un canónigo en Escornalbou. El cenobio fue secularizado y en 1580 fue cedido a los monjes franciscanos con la obligación de que alimentaran al único canónigo que aún permanecía en el momasterio hasta el momento de su muerte.
Los franciscanos convirtieron Escornalbou en un seminario que funcionó como tal hasta la exclaustración de 1835.
El lugar debió quedar abandonado y la leyenda dice que los vecinos lo consideraban embrujado. En 1908 el diplomático reusense Eduard Toda (1855-1941) invirtió una parte de su fortuna en comprar el lugar, que restauró de una manera muy fantasiosa y la acondicionó como residencia, reunió una buena biblioteca, mobiliario y otras colecciones, que aún se conservan parcialmente porque parte del material que acogió se perdió con el abandono que sufrió el castillo en algunas épocas. En 1926 Eduard Toda cedió el lugar al arzobispado, que lo puso en venta, sin éxito.
Después de diversos cambios de propietario, en 1941 pasó a manos del industrial Josep M. Llopis, y más adelante en el banco Urquijo. En la actualidad es propiedad de la Generalitat de Catalunya y la Diputació de Tarragona que lo gestiona a través del Museu d’Història de Catalunya.
Los elementos más notables del conjunto arquitectónico son la iglesia románica de los siglos XII-XIII, los restos de la sala capitular y del claustro, así como la vivienda de Eduardo Toda, cuidadosamente restituida, cuya visita permite observar cómo era una casa señorial de principios del siglo XX. Desde los arcos del claustro y, en especial, desde la ermita de Santa Bàrbara, situada en la cima del conjunto, se puede disfrutar de una de las mejores vistas de las comarcas de Tarragona.
El estado actual del castillo y canónica tiene pocos elementos originales, la mayor parte son el resultado de la fantasiosa restauración llevada a cabo a comienzos del siglo XX por su propietario Eduard Toda. Las únicas construcciones originales, aunque también se han restaurado, son: la iglesia, el ala de levante del claustro y la galería del claustro remontada ahora como mirador.