El patrimonio local sucumbe ante el reclamo de la España cañí
Raúl Cosano -
02/07/2009 21:20
¿Qué tienen que ver con Tarragona un abanico, una camiseta con el Toro de Osborne, una muñeca vestida de sevillanas y un sombrero mexicano? Poco y nada, y sin embargo son algunos de los souvenirs que más triunfan entre la comunidad extranjera que visita la ciudad. La tradición –sí, esa inercia que sigue reduciendo a España al toreo y al flamenco– pesa demasiado.
Cuesta mucho que rusos y franceses se acaben decantando por un objeto local, léase un Balcó del Mediterrani en miniatura o una réplica de la Catedral. «No sabemos sacarle partido al patrimonio monumental de Tarragona», asevera Jordi Olivar, propietario de una tienda de souvenirs en el Pla de la Seu.
Este año se apuesta por lo económico (ay, la crisis) y por eso arrasan los imanes que no pasan de los dos euros y que están relevando progresivamente a los dedales, como afirma Laura Ballesté, empleada de una tienda de regalos: «Los que más compran son los rusos, aunque se llevan cosas asequibles».
Barcelona, dura competencia
La imagen de Tarragona debe competir con los productos estrambóticos de la España cañí pero también contra el poderío de Barcelona. El Gaudí del Parc Güell o los souvenirs del Barça son feroz competencia. ¿Qué le queda a Tarragona? Las reliquias romanas –la más flamante, la estatua de un César August que alcanza los 100 euros– o las representaciones de castellers –una gran figura por 250 euros– siempre son un referente.
Es común también la venta de camisetas (entre 10 y 12 euros) con motivos romanos mientras que ha bajado la adquisición de cerámicas.
Milka Todorova, de la tienda Souvenirs & Regals Tarragona, en la calle Major, cree que «hay que tener un poco de todo». En su tienda reina la variedad: bolígrafos, platos con una escena de toreo, peluches, figuras, imanes y souvenirs de más rango como los mosaicos. Algunos objetos se almacenan sin que nadie repare en ellos y parecen de otra época. «Aún nos quedan cassetes religiosos, que ya no se venden, aunque los sudamericanos sí se quedan muchos rosarios», cuenta Laura Ballesté. Es más que evidente el declive que han sufrido los carretes de fotografías, que aún permanecen en algunos estantes. «Ahora predomina lo digital pero algunos mayores aún vienen a por cámaras de usar y tirar».
Ante tanta dispersión con tendencia ‘freak’, hay quien se mantiene férreo. «Me niego a vender sombreros mexicanos», admite Jordi Olivar. Otro ejemplo es el de L’Ull de la Botiga. Pere Bosch y Sònia Romero apostaron por reivindicar exclusivamente el patrimonio medieval y romano de Tarragona. «Era un nicho de mercado no explotado hasta ahora», cuenta. En su negocio de la calle Major, se pueden encontrar figuras de romanos o recreaciones de escudos, espadas y armaduras. «Pensamos mucho en el cliente de Tarragona. Por eso, abrimos todo el año». Un oasis de tradición entre tanta extravagancia.